HORAS EXTRAS.
Alex Álvarez
Habiendo percibido mediante la
constante escucha a través de la caja escala el continuo ruido provocado por el
movimiento, voces y el accionar de las máquinas de escribir, y a pesar de lo
avanzado de la hora de aquella invernal noche de viernes, decidió seguir con su
trabajo hasta el cese de la actividad fuera de horario que se desarrollaba en
aquel Banco, en cuyo antiguo edificio ocupaba su último piso la entidad fiscal
para la cual trabajaba.
Era ésta una situación de común
ocurrencia con la que nuestro personaje, autorizado por la seguridad del lugar,
se beneficiaba de la diaria labor extra de dichos funcionarios.
Fue precisamente esa noche en que muy
tarde y, no obstante, las constantes escuchas positivas, alrededor de las
veintitrés horas sólo encontró un sepulcral silencio como respuesta a los
nerviosos y sonoros llamados de alerta, debiendo por tanto afrontar la dura
realidad de un encierro forzoso que lo obligaba a pernoctar en la oficina.
Sin más alternativa, optó por asumir de
manera resignada su reclusión aprovechando de continuar su quehacer con el
providencial y cómplice auxilio de un resto de Whisky y picoteo salvados de una
reciente celebración, hasta que el esfuerzo y las continuas libaciones[51] [52] lo hicieron
rendirse al plácido sueño que logró conciliar aprovechando el inmenso y
señorial sofá que adornaba el hall de ingreso, abrigado con un set de amplias
toallas que su ingenio logró por suerte reunir.
Una vez despierto avanzada la mañana,
se dispuso a abandonar el recinto siendo controlado por un sorprendido guardia
que lo conminó a explicar su presencia a tan temprana hora de un día sábado.
La sorpresa de dicho custodio fue
mayúscula al escuchar el relato de lo sucedido, lo que provocó una airada
reacción con mezcla de dudas e incredulidad, representándole que por tratarse
de un Banco su permanencia en él durante toda la noche violaba las exigentes normas
de seguridad, por lo que se vería obligado a dar cuenta de tan extraño hecho.
Necesitado de justificar su
reprochable actuar, nuestro ocasional recluso le manifestó que, como era
habitual y de su pleno conocimiento, también en esa ocasión había prestado
permanente oído a la actividad del piso inferior, la que se mantuvo hasta
pasadas las 22,30 horas momento en el cual ésta cesó, procediendo a dejar su
oficina para encontrarse de cara con la certeza del encierro.
La molesta respuesta del guardia
poniendo fin al áspero diálogo no se hizo esperar, afirmando que ello era
insólito y de ninguna manera posible ya que el mismo había registrado la salida
de la última persona a las 20,30 horas, dejando constancia en el libro de
novedades antes de cerrar el acceso al edificio y retirarse.
Con tan categórica afirmación la
sorpresa cambió de sujeto, siendo aún mayor para nuestro personaje al no
encontrar respuesta para su inexplicable experiencia, quedando ambos
protagonistas impactados y expuestos al increíble acertijo de lo realmente
ocurrido explicación que, estoy seguro, ninguno pudo hallar desde la lógica racional.
Enfrentado a esta imposibilidad, dicha
circunstancia ha obligado a este intérprete a recurrir a otros ámbitos para intentar
desentrañarlo.
En esa perspectiva es que debemos
atender al escenario de tan enigmática situación: un edificio antiguo y a la vez un Banco que operaba en él con
todo lo que en sí mismo significan, constituyendo en mi opinión los componentes
precisos para la búsqueda de un eventual entendimiento.
La tradición popular ha decretado sin
contrapeso la existencia indudable de la importante carga emocional que estas inanimadas
estructuras logran retener, y a partir de esta creencia podemos elucubrar
respecto de cuántas vidas, cuántas historias, cuántos dramas, alegrías y
frustraciones habrán tenido por testigos a sus espacios y paredes, en especial,
siendo por décadas sede de un Banco, con el cúmulo adicional de emociones que ha
provocado su gestión en el universo de personas que por necesidad han recurrido
a sus servicios.
Cuanta angustia exudada por ese
deudor insolvente; cuanta frustración en aquel afligido por la ayuda denegada;
cuanto dolor rezumado por quien sin alternativa fuera ejecutado por deudas;
cuanta alegría manifestada ante el esquivo beneficio logrado; cuanta vida
vivida entre esas paredes por sus funcionarios.
Tales emociones acumuladas en el
espacio intemporal van construyendo en forma para nosotros desconocida, la
corporalidad del eco de aquellas sombras de la eternidad que porfiadamente
perseguimos y que vamos dejando atrás en nuestro tránsito vital desde el lugar
que llegamos a ocupar con mayor o menor resultado.
La eterna sabiduría popular, más
sabia, ha desechado la búsqueda en ese laberinto y, cual oráculo, ha respondido
al enigma mediante una respuesta mezcla de ironía y escepticismo, que contiene
la enseñanza proveniente de un antiguo e incombustible refrán: “No creo en
ánimas Garay…pero que las hay…las hay”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario