jueves, 10 de agosto de 2023

 El libro sagrado

Hernán Retamal 

Buenaventura iniciaba su actividad diaria con un buen desayuno que él mismo preparaba.    Su vida solitaria ya cumplía decenios como también su castidad.  Como hijo único, fue educado férreamente por su madre de acuerdo con las normas del catolicismo.  Fe en la que ella se consideraba una beata, por ello le inculcó a su hijo desde pequeño, que las mujeres libertinas eran seres perversos, que no escatimaban recursos para someter a los hombres con su lujuria.        Este odio Visceral nació y se fomentó, por el abandono que su madre sufrió, cuando su marido se fue de la casa con una mujer veinte años menor. Cuando esto ocurrió, el niño tenía solo seis años.        

Desde el primer momento en que quedaron solos, la vida se les hizo muy difícil. Comenzaron las penurias económicas, el alimento escaseaba hasta en lo más mínimo. Comenzó una época de un continuo peregrinaje, toda esta situación de penurias acrecentó más el odio hacia las mujeres por parte de su madre.

Un día la desesperación de ella la llevó a solicitar ayuda en la parroquia de su sector. El sacerdote que la atendió se conmovió por la situación que estaban viviendo.  Desde ese momento mejoró un poco más la calidad de vida de madre e hijo.    

Todos los jueves acudían a la parroquia, su madre se entrevistaba a solas con el pastor, un par de horas, Buenaventura aprovechaba ese tiempo para explorar la iglesia.  Los corredores del segundo piso desde donde se veía completa la nave principal era uno de sus sitios preferidos. También le gustaba correr por los pasillos embaldosados y relucientes a gran velocidad, el tiempo pasaba rápido para él.     Cuando terminaba la entrevista semanal con el sacerdote, su madre salía con una caja de mercaderías y con algún dinero.  Esta ayuda les permitía poder subsistir de mejor forma.    Esta situación se mantuvo por largo tiempo.

Un día su madre le informo que tendrían que mudarse a otra ciudad, debido a que le habían confidenciado que se produciría un cambio de sacerdote en la parroquia, esto los dejaría sin la ayuda que recibían, la cual les había permitido sobrevivir sin tantas penurias.  Buenaventura pregunto a su madre que ocurriría con el colegio y sus amigos, a lo que la madre respondió categóricamente   

 - ¡Tendrás que olvidarlos!

Cuando Buenaventura cumplió diez años, lo celebraron en una pequeña casa que le habían prestado en el pueblo a donde se habían cambiado un mes antes.      La casa tenía un patio no muy grande.   Su madre generaba recursos lavando ropa ajena.     Era común ver tendidas en el cordel, sotanas, manteos, mucetas y otras indumentarias eclesiásticas.

Los domingos nunca faltaban a la misa de doce, y muchas veces también asistían a las misas en la semana, casi siempre la de las veinte horas.      El cura amigo de su madre al cual habían trasladado a ese nuevo pueblo, los visitaba en su nueva casa bien seguido, casi siempre con algún pretexto.  A Buenaventura le simpatizaba, ya que siempre que los aparecía le traía golosinas y de vez en cuando algún juguete.  

A medida que pasaba el tiempo, el niño se fue poniendo cada vez más introvertido.     Fue por este motivo que un día su madre debió concurrir a la escuela a entrevistarse con la profesora.    Aquel día la maestra le informo que su hijo era inteligente, pero que a ella le preocupaba lo solitario que era.   Le contó que en los recreos no salía a jugar con los otros niños, prefería quedarse en la sala.       Por este motivo, la profesora hacia salir a todos del aula y luego cerraba con llave puerta.  Producto de ello, el niño en vez de compartir con sus compañeros prefería ir a la biblioteca.    La madre trato de explicarle que esto se debía seguramente al trauma que él había sufrido por el abandono de su padre.   La entrevista en aquella oportunidad, termino entre las dos mujeres sin llegar a una conclusión definitiva.   La madre se comprometió   a monitorear el comportamiento del niño permanentemente.

Al final del año, Buenaventura se convirtió en el mejor alumno del curso.   Esto sorprendió positivamente a su maestra, que, en la última reunión del año, resalto el esfuerzo y la necesidad de aprendizaje que había demostrado su mejor alumno en el año que terminaba.   La madre se sintió alagada y feliz.    El niño no demostró ninguna alegría y solo se dedicó a dibujar mientras la profesora resaltaba sus grandes cualidades.

El tiempo transcurrió sin ningún cambio para ellos.    Los domingos nunca faltaban a la misa de doce, y en la semana asistían a las misas de veinte horas, exceptuando los martes, que sagradamente eran para realizar la visita de su madre al cura.     En estas ocasiones, con sus trece años, le llamaba más la atención la biblioteca de la basílica.   Su mamá consiguió que le permitieran al niño hurgar entre los cientos de libros que allí había.    Así pasaron cuatro largos años, en donde Buenaventura adquirió conocimientos inalcanzables para otros niños de su edad en aquella ciudad.

Con dieciséis años y cursando el tercero medio, su rendimiento era sorprendente.   Se había convertido en el mateo del curso, pero a la vez, no tenía mucha popularidad entre sus compañeros y compañeras de curso.   Nunca participaba en nada que no fuera temas de aprendizaje. Las fiestas estudiantiles no le agradaban y menos los paseos en grupos de fin de semana.  Todo esto le fue acarreando algunos enemigos, que más por envidia lo denostaban.    

En una ocasión, al llegar al colegio y abrir su lockers, Buenaventura se encontró con una nota que decía que su madre era la puta del cura.     Ese día él no fue a biblioteca, en el recreo se sentó en la banca más alejada del colegio.   Se dedicó a observar a sus compañeros uno por uno, cada mirada de alguno de ellos hacia él, lo hacía inmediatamente sospechoso de ser quién le había escrito la nota.   Aquel día algo en él cambio súbitamente, el niño paso de la adolescencia a la adultez de un salto.

El martes de la semana siguiente, como de costumbre, realizaron la visita a la parroquia. El cura le paso las llaves de la biblioteca y luego se fue con su madre a la oficina.    Parado al lado de la puerta de la biblioteca con las llaves en la mano, pero con la mente en otra parte, Buenaventura se mantuvo inmóvil durante varios minutos, al final abrió la puerta y se sumergió en su pasión de siempre, la lectura.    

Veinte años después Buenaventura recordaría sentado en la hemeroteca de la biblioteca nacional, aquella última visita que él y su madre hicieron a la basílica del sagrado corazón.   Dos días más tarde su madre había fallecido de un ataque al corazón.     

Él volvió a la capital. Traía consigo las pocas pertenecías que su madre había logrado adquirir en su sacrificada vida.  También una carta de recomendación del benefactor cura párroco.  Con esta, logró conseguir un trabajo en la biblioteca del episcopado.   En este lugar aprendió el oficio de preservación de textos, de su clasificación, y mantención. Sus clientes por lo general eran sacerdotes y seminaristas.   En algunas ocasiones eran estudiantes de teología de la Universidad Católica.     

Un día se presentó en el mesón de atención, una joven, quién solicito un libro que él conocía a la perfección.   Una vez que se lo trajo, ella se fue a ubicar a la mesa más alejada de la biblioteca. Allí paso varias horas.  En la ficha de la joven, aparecía su nombre, Martina Aparicio, estudiante universitaria. Buenaventura la observó durante todo el tiempo disimuladamente. Ella nunca levantó la vista para mirar hacia el lugar en que se encontraba él. Cuando la biblioteca estaba por cerrar, la joven se paró y fue a devolver el libro, dio las gracias y se marchó.

Las visitas se fueron repitiendo todos los miércoles.

Solicitaba el libro y luego se iba a instalar a la mesa más apartada, sumergiéndose de inmediato en la lectura y relectura del texto.

Esto se prolongó por varios meses. La única comunicación entre ellos era un saludo, el nombre del libro y un gesto de agradecimiento, lo mismo al llegar como al irse. 

Un día al llegar la joven, Buenaventura le recito a la perfección una parte de la obra, con puntos y comas incluidos. La joven lo quedó observando impresionada. Luego le agradeció con una sonrisa.

Desde aquel día, comenzó entre ellos una amistad nunca vista, cimentada por el conocimiento que dan los libros.  Al principio ambos competían recitando de memoria pasajes enteros de la obra. Posteriormente emprendían un debate filosófico de larga duración.     Estas tertulias comenzaron a atraer a más personas. Al cabo de un tiempo, la noticia trascendió a otras bibliotecas.  Los martes había que conseguir una ubicación anticipadamente para poder participar en los debates.    

Buenaventura le solicito a Martina que viniera además de los miércoles, otro día de la semana, para estar a solas.  De inmediato ella le respondió que era imposible lo que él le pedía, que quizás el tiempo le haría saber el motivo.  

Miércoles a miércoles, se siguió con la misma dinámica, leer un capítulo del libro y luego de acuerdo con un sorteo, se dirimía quién comenzaba a exponer su posición.  Posteriormente se abría a todos los que quisieran participar.

La vida solitaria de Buenaventura siguió sin ningún cambio aparente, solo qué para él, la espera de los miércoles era el único sentido que tenía su vida en aquel momento.   

Una sensación de vació le causaba insomnio y falta de apetito. Esto se fue haciendo crónico.  El pánico se colgaba a su espalda cada vez que pensaba que ella pudiera no venir más y no saber nunca más de ella.    Su madre nunca le dijo nada sobre estas sensaciones que estaba padeciendo.    Lo que, si supo enseñarle, fue el odio parido hacia las mujeres que robaban maridos.

Un miércoles sucedió lo que el temía.   Martina no llego a la cita. El siguiente tampoco.  Así paso el tiempo y ella desapareció por completo.   Trato de ubicarla en la universidad, pero los datos que le entregaron lo sumieron más en la angustia.  Ella solo estudió parte del primer semestre y luego no volvió nunca más a la universidad. Sin más información de cómo encontrarla, su vida se fue marchitando, hasta el punto de enfermar.   Como no tenía amigos, del trabajo dieron la voz de alerta al segundo día en que no fue a trabajar.    Por ello mandaron a un funcionario a su casa para saber que pasaba.  Fue en ese momento que se dieron cuenta que había que internarlo de urgencia.  Y así lo hicieron.

Pasó tres meses en un hospital.   Su soledad se mantuvo mientras estuvo hospitalizado. Sin parientes ni amigos que lo fueran a ver, los días se le hacían interminables.  Solo las visitas de sus compañeros de trabajo de vez en cuando y que luego se fueron distanciando a medida que el tiempo pasaba.   El único servicio que el agradeció hasta las lágrimas, fue que uno de ellos, arriesgando su puesto de trabajo, le llevo el libro que para él era un tesoro.    Lo conocía de memoria, pero el hecho de tocarlo por las noches era como dormir tomado de las manos de Martina.

El día que fue dado de alta, no vino nadie a buscarlo.   Como pudo, logró tomar un taxi hasta la casa. Era viernes. El lunes siguiente, volvió a trabajar. En su bolso llevaba el libro, el cual devolvió a la estantería a donde pertenecía s pesar de lo que le significaba.  Esos valores se los inculcó su madre desde muy pequeño.

Pasaron los años.   Años que para él fueron difíciles y solo pudo apaciguar en parte sus sentimientos, escribiendo un libro. Lo basó en interpretaciones filosóficas de aquel que para él era sagrado.

Años después finalmente su obra vería la luz. El lanzamiento sería en la Biblioteca Nacional, un sábado de mayo. Esta fecha coincidía con su retiro y la última jornada de su larga trayectoria como bibliotecario.

El viernes, último día de trabajo, se afeitó mientras observaba su escaso pelo totalmente cano.   Su residencia no era más que una habitación con baño y una pequeña cocina.    En un estante la foto de su madre y varios libros.  Debajo de la cama una maleta muy ajada, que fue propiedad de su progenitora, y en un ropero toda la ropa que poseía.       

Trabajó normalmente a pesar de ser su último día laboral.      Por la tarde, unos minutos antes de la hora de salida, sus compañeros de trabajo se fueron despidiendo de él, uno a uno, con la promesa que lo acompañarían al otro día, en el lanzamiento de su libro.  Al final, él fue el último en marcharse, no sin antes sentarse unos segundos en la mesa en donde compartió tantos momentos felices con Martina.

El sábado, amaneció con un sol espléndido.    En la Biblioteca estaba todo preparado para el lanzamiento de su libro. Cuando se aproximaba la hora, los organizadores comenzaron a intranquilizarse, ya que no llegaba Buenaventura. Pasaron las horas, y al final nunca llegó. El lanzamiento se tuvo que realizar sin él, dando miles de explicaciones a los asistentes.

El domingo un funcionario enviado por la Biblioteca, se presentó en su domicilio para saber qué había pasado.   Como nadie abrió la puerta debió recurrir al conserje del edificio.    Una vez que explicó la situación, le facilitaron un juego de llaves.  Cuando el comisionado, acompañado por el portero, abrió la puerta, encontró a Buenaventura recostado en la cama. Abrazaba su libro sagrado. En el rostro se había repujado una expresión de felicidad que nunca se le había visto y una plácida sonrisa lo iluminaba.   

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